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A veces se nos
plantea un debate falso entre la innovación y la transmisión de
ciertos contenidos que forman parte de nuestra propia tradición
cultural. La escuela del siglo XIX estaba muy ligada a la promoción
de una determinada cultura y a una identidad nacional, y este peso
tradicional sigue siendo muy importante para muchos docentes. En un
marco como aquel en el que nos movemos, hay que hacerse la pregunta
de qué tipo de contenidos deben primar sobre la llamada innovación,
pues no siempre las demandas sociales deberían imponerse sobre el
criterio pedagógico, que debe estar al servicio del interés
general.
Creo que existe la
tendencia a ver la escuela como un dinosaurio anquilosado, incapaz
siempre de responder a la demanda de la sociedad. Es fácil reconocer
en la escuela actual reminiscencias notables de la enseñanza del
siglo XIX, y es natural que nos encontremos docentes reacios a los
cambios necesarios en muchos aspectos. Pero en términos generales,
creo que la escuela se adapta más a la sociedad que nos rodea de lo
que queremos reconocer. De hecho, las universidades medievales, que
se ponen como ejemplo de una escolástica distanciada de la realidad,
ya cumplían una importante función en una época donde la religión
tenía un papel dominante sobre la sociedad (y la tarea de
acercamiento entre cristianismo y aristotelismo es un ejemplo de cómo
se consiguió en un momento dado dar una respuesta a las inquietudes
intelectuales de la sociedad), y sus métodos pedagógicos, que
alternaban la lección magistral con la disputatio, eran ejemplo de
métodos de enseñanza que en participación y en calidad de los
debates superaban en mucho a las universidades actuales. Y la escuela
comprensiva, tal como la entendemos actualmente, es hija de las
transformaciones de una sociedad moderna que precisaba una educación
homogénea en contenidos y valores, fundamentalmente para cumplir con
los requerimientos de la moderna economía capitalista. Es a partir
de la modernidad cuando la escuela se transforma, a imagen y
semejanza de la fábrica y el taller. Del mismo modo, la escuela
actual se enfrenta a sociedades en permanente cambio, persiguiendo de
nuevo preparar a nuestro alumnado en las destrezas que se le van a
reclamar en un futuro.
Es por esta conexión
entre escuela y sociedad por lo que debemos mirar no sólo la escuela
que queremos, sino también la sociedad que tenemos. Las enormes
transformaciones sociales y económicas que vivimos en la actualidad
nos presentan muchos retos, como por ejemplo la incorporación de las
nuevas tecnologías y la preparación del alumnado para empleos que
seguramente no existen aún a día de hoy. Mi propia experiencia como
alumno en el pasado, así como mi experiencia actual como docente, me
han enseñado que en muchos aspectos el alumnado tiene un
conocimiento más concreto de la realidad social y económica que los
docentes. Por ello, debemos buscar métodos más participativos e
innovadores, que nos permitan incorporar esos saberes a nuestra
práctica docente (sin olvidarnos de lo que tienen que aportar las
familias, desde su conocimiento de la realidad del entorno de
nuestros centros). Para preparar a nuestro alumnado en este entorno,
debemos tener en cuenta otras estrategias que vayan más allá de la
competitividad visibilizada en notas, y que pongan mayor peso en la
iniciativa del alumnado, en la cooperación y en su capacidad para
compartir conocimientos. También debemos escuchar lo que nos
demandan: una mayor perspectiva acerca del mundo en el que viven, una
sabiduría respecto al manejo de herramientas digitales que se les
entregan sin un manual de instrucciones, y una guía acerca de cuáles
son los valores realmente necesarios en el mundo actual.
Pero no debemos
olvidarnos de que la educación no es un producto más que encaja en
un mercado con demandas y necesidades. La escuela tiene un poder para
dar forma también a esas demandas y transformar la sociedad. Y en
este plano, debemos transformar la práctica docente siempre desde un
conocimiento del entorno donde queremos aplicar los cambios, debemos
poner más recursos en los centros educativos que se enfrentan con
situaciones de mayor desigualdad, y debemos acometer una
digitalización de la escuela acorde con la realidad de una brecha
digital que persiste en muchos territorios de nuestro país.
En conclusión, la
transformación de nuestra práctica docente debe mirar siempre hacia
el entorno, y debe reclamar medidas que hagan posible mejorar nuestra
docencia para ese entorno concreto con el que nos las estamos viendo
en el día a día. Y naturalmente, estas medidas que tienen que ver
con la escuela pero también con el entorno de los centros, son
medidas que necesitan que nos aclaremos sobre qué modelo de sociedad
tenemos, qué tipo de ciudadanos esperamos que sean nuestros alumnos
y alumnas en un futuro, y si queremos tomar medidas para garantizar
que todos ellos acceden a ese futuro en condiciones de igualdad de
oportunidades.
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